
Entrevista- Fernando Antonio Salinas Romero: estudiante ingeniería aeroespacial en Estados Unidos
Fernando Salinas ha compartido una tarde llena de conocimientos científicos con ICONOS Mag
ICONOS Mag
Texto Kevin Hernandez / Fotos Cindy Romero
22 octubre, 2026
San Pedro Sula. Fernando Antonio Salinas Romero, desde Comayagua comenzó una historia marcada por la curiosidad. A los ocho años, un telescopio obsequiado por su padre convirtió las noches en primeras ventanas hacia el universo sin imaginar que sería el inicio de la creación de un sueño.

Fernando Antonio Salinas Romero nació en Comayagua, cursó sus primeros niveles educativos en el instituto Católico Bilingüe y luego se graduó de Building Minds School, también en su ciudad natal.
Aquellas noches compartidas entre padre e hijo despertaron una pregunta profunda, cómo funcionan las máquinas que permiten observar lo distante. La astronomía comenzó así a encontrarse con ingeniería.
A los trece años, la obra literaria de ciencia ficción The Martian reforzó esa inquietud. Para el pequeño Fernando, la historia mostró que la ciencia también significa resolver problemas difíciles cuando las respuestas parecen lejanas.
Luego, a los dieciséis años, la muerte de su abuela Nora añadió otra fuerza al camino. Su legado de humildad, resiliencia y amor se convirtieron en una brújula para sobrellevar las dificultades que estaban por venir en la vida de Fernando Antonio Salinas Romero.
Con una meta poco común en Honduras, comenzó una búsqueda sin mapa. La ingeniería aeroespacial no existía formalmente en el país, por lo que investigar para encontrar una oportunidad se volvió indispensable para hacer el sueño realidad.
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Tras enfrentar noches de desvelos y oportunidades que se iban como una estrella fugaz, Fernando Antonio Salinas Romero, logró entrar a la Universidad de Alabama y estudiar la carrera que tanto añoraba.
El salto hacia Estados Unidos significó enfrentar nuevas barreras académicas, económicas y culturales. Llegó con una preparación distinta, pero convirtió esa distancia en entrenamiento para avanzar con mayor resiliencia.
Para Fernando, el aprendizaje dejó de limitarse a las aulas. La investigación, la disciplina y la creación de oportunidades permitieron transformar la curiosidad inicial en proyectos concretos.
El trabajo con materiales aeroespaciales y la fundación de The Apogee Initiative marcaron una nueva etapa. Ya no solo buscaba aprender, también quería formar caminos para otros.


La ingeniería aeroespacial constituye una de las disciplinas más complejas dentro de las ciencias aplicadas.
Integra conocimientos de física, matemáticas avanzadas, ciencia de materiales, electrónica, informática, dinámica de fluidos y diseño estructural para desarrollar aeronaves, satélites, vehículos espaciales y tecnologías de exploración del espacio.
Fernando Antonio Salinas Romero forma parte precisamente de esa dinámica académica. Como estudiante de ingeniería aeroespacial, fue seleccionado para participar en un programa internacional de investigación, enfocado en clima espacial, física solar y tecnología satelital, áreas consideradas estratégicas para la seguridad tecnológica y la infraestructura digital del siglo XXI.




Luego de su selección, su historia regresó a Honduras como una propuesta de futuro. Representar al país, conectar instituciones y abrir oportunidades que se convierten en una misión colectiva.
Así, el recorrido puede entenderse como un cohete: comenzó con una chispa familiar, atravesó obstáculos y ahora busca crear una trayectoria para quienes desean despegar.
La incipiente trayectoria de Fernando Antonio Salinas simboliza una nueva generación de hondureños que, mediante la educación, la disciplina y el acceso al conocimiento global, comienzan a insertarse en los escenarios donde se diseña el futuro tecnológico del planeta.
Durante el encuentro en el hotel Aloft en San Pedro Sula, Fernando Antonio Salinas Romero ha conversado con ICONOS Mag sobre su trayectoria, sus proyectos y las experiencias que han definido su camino.

Fernando, ¿cómo describirías el momento en que recibiste ese telescopio a los 8 años de edad?
Fue el momento que despertó en mí la pasión por aprender y descubrir lo que está más allá de nuestro mundo. Mi papá me enseñó a usarlo, y pasamos incontables noches buscando distintos astros, hasta que una vez coincidimos con una lluvia de estrellas.
Eso instaló en mí no solo el deseo de saber, sino también el asombro de que una máquina, construida por manos humanas, pudiera acercarnos algo tan inmenso. Creo que ahí, sin saberlo, ya se mezclaban las dos cosas que definirían mi camino: la fascinación por el espacio y la curiosidad por la ingeniería detrás del instrumento. Nunca quise estudiar las estrellas desde lejos, quise entender y construir las máquinas que nos permiten alcanzarlas.
Qué había en The Martian que resonó tan fuerte contigo a los 13 años, que te dijo esto es lo que quiero hacer?
The Martian fue uno de los primeros libros que leí fuera de la escuela, y me atrapó desde las primeras páginas. No fue solo la manera en que está escrito, sino sobre todo la historia de Mark Watney, un hombre que queda varado y solo en otro planeta, y que para sobrevivir tiene que ingeniárselas, innovar y crear soluciones con el conocimiento que tiene.
Ese espíritu de resolver problemas imposibles con ingenio y ciencia fue lo que más resonó conmigo, y lo que me mantuvo anclado página tras página. Me hizo dar cuenta de que la ingeniería aeroespacial no es solo construir cohetes es resolver lo que parece irresoluble. Ahí sembré, aún más, las ganas de dedicarme a este sector.
Tu abuela Nora falleció cuando tenías 16. ¿Cómo llevas esa promesa contigo en el día a día, especialmente en los momentos difíciles?
Nora, o Mata, como yo le decía, fue una de las personas más influyentes en mi vida. Sus valores, sus virtudes y su conocimiento viven dentro de mí, y la promesa que le hice, de convertirme en alguien, la cargo todos los días, desde que me levanto hasta que me acuesto.
Su vida dejó en mí un legado de resiliencia, humildad, amor y pasión. En los momentos difíciles, ese legado me fortalece, me ancla, y me recuerda el porqué de todo lo que hago. Cuando dudo o me canso, pensar en ella convierte cualquier obstáculo en algo que vale la pena superar.
¿Hubo algún momento en que dudaste de este camino o estuviste a punto de rendirte?
Sí, y muchos. No ha sido un camino fácil: no sentirse preparado o suficiente, sentirme solo o abrumado, perdido o sin motivación, ser rechazado de puestos, sacar una mala nota, no sentir mi casa cerca.
Son incontables los momentos que lo hacen a uno dudar si el camino que está tomando es el correcto. Pero no podría responder esto sin mencionar a Dios y cómo ha obrado en mi vida. Mi fe católica me acompaña incluso cuando yo dudo, cuando me caigo, cuando estoy solo o acompañado.
Poner a Dios antes que todo, y entregarle a Él tanto mis logros como mis derrotas, hace este camino mucho más llevadero. Me da la tranquilidad de saber que las cosas pasan conforme a su voluntad, y que con mi esfuerzo, dedicación y mi red de apoyo, puedo discernir lo que me conviene y lo que tengo que mejorar.

Crecer en Comayagua con un sueño en la industria aeroespacial no es lo más convencional. ¿Cómo reaccionó tu entorno cuando anunciaste tu decisión?
Fue algo muy distinto de lo que todos esperaban, incluso de lo que yo mismo esperaba. Pero por más pequeño que sea el lugar de donde vengo, ha sido mi sistema de apoyo desde el día uno. Especialmente mi mamá: desde que puse esta idea sobre la mesa, aún sin entenderla por completo, vio mi seguridad y certeza sobre la dirección que quería tomar, me ha acompañado en cada paso. Mi familia y mis amigos han sido pilares a los que siempre acudo.
Soy agradecido por la gente que me rodea, porque nunca me dijeron que no se podía, al contrario, han estado ahi aconsejandome y viviendo conmigo los altos y los bajos. Siempre me dicen ¡llegarás a la luna!, y aunque suene como una idea un tanto irreal, refleja esa base sólida de la que vengo.
¿Cómo fue construirte un camino sin referentes cercanos que hubieran pasado por lo mismo?
Diría que nublado. El paso más incierto es empezar. Tuve que llenarme de un conocimiento que ni sabía que existía, días y noches investigando las oportunidades más viables para mí, sin un mapa que me dijera qué hacer. Con recursos como el SWC Prep Circuit, pude instruirme en varios de los requisitos necesarios para estudiar en EE.UU. Pero el camino sin referentes no terminó al llegar allá, más bien cambió de forma.
Ya en la universidad, sin nadie de mi país, tuve que aprender a navegar un sistema completamente nuevo por cuenta propia: cómo buscar investigación, cómo acercarme a profesores, qué oportunidades estaban abiertas para alguien con mi estatus y cuáles no. Cada puerta que abrí fue, en cierto sentido, la primera vez que alguien como yo la tocaba. Eso da miedo, pero también significa que cada paso se vuelve un camino que queda abierto para el que venga detrás.
¿Qué errores cometiste en ese proceso de autodirección que hoy, mirando atrás, te enseñaron más que cualquier acierto?
Adaptarse al cambio de sistema educativo fue uno; otro fue ir probando distintas oportunidades profesionales y técnicas, estuve en varios clubes y organizaciones, y al final es un poco de prueba y error, uno va probando y aprendiendo qué encaja y qué no.
Cometí el error de no aprovechar al principio las herramientas que la propia universidad ofrece: recursos, tutorías, oficinas de apoyo que estaban ahí y que tardé en usar. Hubo varias ocasiones en las que hice, o dejé de hacer, cosas que me habrían favorecido. Pero he aprendido que el rechazo es redirección, y que equivocarse es encontrar la manera correcta de hacer las cosas. Siento que esos tropiezos y los que vendrán me enseñan a discernir con más eficiencia lo que es para mí y lo que no.
¿Qué barreras concretas tuvo que superar un joven hondureño para llegar a estudiar ingeniería aeroespacial en Alabama?
Económicamente, no vengo de una familia adinerada ni de renombre, y eso sí fue un tema al principio de todo el proceso. Afortunadamente, logré ganarme una beca, porque hubo personas que creyeron en mí, suficiente para sostener mi vida estudiantil en el extranjero.
Además, hoy trabajo dentro de la universidad, lo cual cubre mi vivienda y hace que la carga económica sea mucho más sostenible. En cuanto a información y preparación académica, hay una brecha real. En Honduras me gradué de un bachillerato en ciencias y humanidades, que termina en onceavo grado, mientras que otros sistemas ofrecen una preparación más alineada con lo que iba a enfrentar, con cursos avanzados de matemáticas y física.
Al entrar a la universidad, muchos de mis compañeros ya estaban en cálculo tres, cuando yo apenas empezaba cálculo uno desde cero. Ese desfase me significó un esfuerzo doble, que hasta hoy sigo poniendo en práctica para mantenerme al nivel de mi carrera.
Culturalmente, todo es diferente, hay que aprender a navegar un sentido de ser minoría. Estudiar en un sector estadounidense muy enfocado en defensa gubernamental hace que mi estatus de estudiante internacional cree una brecha entre las oportunidades a las que puedo acceder y las que no. Sumado al choque cultural de un país nuevo, adaptarse se vuelve una de las habilidades más importantes y, con el tiempo, una de las más valiosas.

¿Hay algo que el sistema educativo hondureño podría haber hecho diferente para facilitarte ese camino, o para facilitarle a quienes vengan después?
Considero que siempre hay espacio para construir y mejorar. Concretamente, implementar más programas de bachillerato internacional en lugares como Comayagua ayudaría muchísimo a cerrar esa brecha académica, dándoles a los estudiantes una base más fuerte en matemáticas y ciencias antes de salir al extranjero.
Más allá de eso, creo que lo más valioso sería crear espacios de información y orientación, en donde un joven con un sueño poco convencional sepa que existen caminos, becas, oportunidades, y lo más importante es que tengan a quién preguntarle y así resolver todas sus inquietudes.
Cómo fue la transición de vivir en Comayagua a estudiar en Estados Unidos, ¿qué fue lo que más te costó adaptar?
Ha sido un cambio enorme, sobre todo en lo social. Pasar 17 años de tu vida rodeado de gente que te conoce, que comparte tu historia, tu idioma, ese sentido de comunidad y hasta de patria, a no verte rodeado de todo eso es un choque grande.
Solo el tres por ciento de los más de 40 mil estudiantes de mi universidad son internacionales de todo el mundo; de Latinoamérica, y de Honduras en particular, ese número se acerca a cero. Pero ser diferente no significa que sea malo.
Al entrar a un entorno completamente distinto al mío, todo es cuestión de adaptarse y abrazar el cambio. Afortunadamente he encontrado espacios donde sigo siendo yo, quizá sin el idioma o la bandera compartida, pero donde mi persona sigue representando todo eso, y más.
Cuéntenos sobre su trabajo en el laboratorio de materiales aeroespaciales. ¿En qué proyecto específico está trabajando y qué impacto podría tener?
Estoy trabajando es con un material llamado HDPE, polietileno de alta densidad. Es un material que hasta ahora se ha explorado poco en el sector aeroespacial; históricamente se ha usado más en aplicaciones biomédicas y de consumo, por ser ligero, resistente y químicamente estable. Lo que buscamos en el laboratorio es estudiar cómo aprovechar esas propiedades, durabilidad, bajo peso y bajo costo, en aplicaciones aeroespaciales, donde cada gramo y cada nivel de resistencia cuentan.
La idea es que materiales así puedan hacer que las estructuras y componentes sean más ligeros, más duraderos y económicos. Y lo valioso es que un método o un hallazgo desarrollado acá no se queda solo en nuestro laboratorio: puede aportar al campo aeroespacial en cualquier parte del mundo.
¿Cómo fue el proceso de fundar The Apogee Initiative, qué problema querías resolver y cómo respondió la comunidad universitaria?
Apogee nació como una idea entre mi compañera Mae Webster y yo. Vimos de primera mano que los clubes y organizaciones de aeroespacial en la universidad no les daban a los estudiantes de primer año, o con menos experiencia, un acceso directo y práctico al trabajo real. Queríamos cambiar eso: apoyar directamente al departamento de aeroespacial y mecánica, formar profesionalmente a los estudiantes desde temprano, y fomentar esa pasión por el sector.
Así creamos un programa de certificación de cohetería de alta potencia High-Power Rocketry de nivel uno, donde cada año una cohorte de estudiantes aprende de manera directa todo un proceso de diseño, construcción y lanzamiento, llevándose una certificación profesional que les sirve después para buscar oportunidades. Cerramos exitosamente nuestro primer ciclo el semestre pasado, y ahora buscamos ampliar el programa para llegar a más estudiantes y seguir construyendo todo esto.

Ser electo presidente del capítulo estudiantil del AIAA es un reconocimiento significativo. ¿Qué agenda o visión llevas a ese cargo?
Definitivamente no es un cargo que tomo a la ligera. Al ser el primer hondureño en este puesto dentro de la Universidad de Alabama, tengo una visión clara: expandir y fomentar el amor por esta carrera. Mi propósito durante mi gestión es seguir formando profesionalmente a los estudiantes a través de charlas con profesionales de la industria, de NASA, Lockheed Martin, Boeing, entre otros.
También, crear iniciativas que generen conexiones reales dentro de la organización: acceso directo a laboratorios de investigación, participación en conferencias nacionales, mentoría peer to peer advising, y espacios donde los estudiantes puedan crecer juntos. En última instancia, quiero demostrar la enorme importancia y el potencial que tiene la ingeniería aeroespacial en mi universidad y en toda la región sur de Estados Unidos.
¿Cómo equilibras la carga de ser investigador, presidente del AIAA, fundador de un programa y estudiante al mismo tiempo?
La organización es una parte fundamental de mis días. Todo lo que tengo que hacer lo divido en tareas más pequeñas, lo formalizo visualmente y priorizo según los proyectos más importantes. Pero incluso con un buen sistema, la motivación no siempre está ahí, y ahí es donde he aprendido la lección más valiosa: la disciplina es lo que enciende el motor, no la motivación.
La motivación es pasajera, viene y va; la disciplina es lo que te hace sentarte a trabajar incluso los días en que no tenés ganas. He aprendido a depender más de los hábitos y compromisos que construí. Esa constancia es la que me permite sostener todos estos roles sin que se derrumben.
¿Qué ha sido lo más desafiante intelectualmente en tu carrera hasta ahora?
Definitivamente tener que nivelarme académicamente para estar a la par de mis compañeros y de los proyectos en los que trabajo. Llegar con una base distinta y tener que cerrar esa brecha mientras el resto avanzaba, significó un esfuerzo doble y constante ya que aprender lo nuevo y, al mismo tiempo, llenar los vacíos de lo que no había visto antes. Pero ese mismo reto me enseñó a aprender más rápido, a ser recursivo, ya no rendirme cuando algo se siente cuesta arriba. Hoy lo veo menos como una desventaja y más como el entrenamiento que me hizo resiliente.
De todos los logros que has acumulado, fuiste seleccionado entre solo ocho estudiantes en todo Estados Unidos para este programa. ¿Qué sentiste cuando te dieron la noticia?
Sentí un gran privilegio de poder participar en un programa de tal magnitud, donde podré demostrar y desarrollar mis aptitudes técnicas y construir una red internacional de investigación.
Buscar oportunidades profesionales fuera de la universidad es mucho más complicado de lo que parece, es un proceso largo que en mi caso tomó más de un año. Agradezco todo ese camino, y cuando conseguí la participación en este programa, se sintió como que todo había dado fruto. Pero más allá de lo personal, se sintió como estar representando algo más grande que yo mismo, demostrando que este camino no está completamente cerrado para personas como yo.



¿Cómo describes la física solar y el clima espacial a alguien sin formación técnica y por qué es importante estudiarlo?
El sol no solo nos da luz y calor, también está constantemente respirando, lanzando partículas, radiación y campos magnéticos al espacio.
A veces tiene tormentas, como erupciones solares o eyecciones de masa, que mandan enormes cantidades de energía hacia el espacio. Cuando esa energía llega a la Tierra, es lo que llamamos clima espacial. No lo sentimos en la piel como la lluvia o el viento, pero afecta directamente los satélites, las señales de GPS, las comunicaciones, los vuelos que cruzan los polos, e incluso las redes eléctricas en tierra.
Estudiarlo importa porque cada vez dependemos más de la tecnología que ese clima espacial puede afectar: desde el GPS de un teléfono hasta los satélites que predicen huracanes. Entender cómo se comporta el sol nos permite anticiparnos y proteger toda esa infraestructura de la que dependemos sin darnos cuenta.
¿Qué esperas llevarte de la experiencia en el Centro Aeroespacial Alemán DLR más allá de lo académico?
Espero llevarme una experiencia que extienda mi red profesional hacia investigadores de grandes centros, como Huntsville o la Rocket City, y el Centro Aeroespacial Alemán DLR.
Espero absorber distintas formas de trabajar, de investigar y de liderar equipos científicos, y poder traer todo ese aprendizaje de vuelta a mis propias investigaciones y a las conexiones que estoy construyendo con Honduras. Creo que lo más valioso que uno se lleva de un lugar así no son solo los conocimientos técnicos, sino la manera de pensar y de colaborar que se respira en esos espacios.
¿Cómo cambia la perspectiva de un investigador trabajar con instituciones de diferentes países y culturas científicas?
Cambia, o más bien se desarrolla, de una manera mucho más interdisciplinaria e integral. Trabajar con personas de distintos países y culturas científicas abre muchísimas puertas a la innovación, porque cada quien trae una forma distinta de ver y resolver un mismo problema.
Esa colaboración que traspasa fronteras hace que los objetivos de una investigación se concreten y se vuelvan algo mucho más grande de lo que una sola persona, o un solo país, podría lograr. Te obliga a salir de tu burbuja, a cuestionar tus propios métodos, y a entender que la ciencia, en el fondo, es un esfuerzo colectivo y global.
¿Hay alguna pregunta ciencia que te quite el sueño en este momento, algo que genuinamente no sabes y quieres descubrir?
Me obsesiona la intersección entre dos cosas: cómo se comporta el espacio, su radiación, su clima, sus condiciones extremas, y cómo diseñamos materiales y estructuras capaces de sobrevivir ahí.
Me quita el sueño pensar en cómo construir lo que aún no existe: máquinas más resistentes para entornos que apenas empezamos a entender. Creo que ahí, en esa frontera entre lo que el espacio nos exige y lo que somos capaces de construir, está el futuro de esta carrera.

¿Cómo evalúas el estado actual de Honduras en materia aeroespacial y de aviación, dónde estamos y hacia dónde deberíamos ir?
Creo que Honduras está en un punto de partida, y eso, más que una desventaja, lo veo como una oportunidad enorme. Hoy no se puede estudiar ingeniería aeroespacial de manera formal en el país, y eso refleja que todavía hay pocas instituciones y empresas apostando por este sector, lo que naturalmente hace que la colaboración actual sea limitada.
Ya existen esfuerzos esperanzadores, como el proyecto Morazán, el cual demuestra que sí hay interés y talento dispuesto a apostar por esto.
Mi opinión es clara, construir representación de Honduras en los espacios internacionales del sector, teniendo una voz en las conversaciones globales. Y a partir de ahí, traer de vuelta esas conexiones, alianzas y conocimientos para empezar a construir, poco a poco, una base aeroespacial propia. No se trata de competir con las grandes potencias mañana, sino de dar el primer paso: estar presentes, estar conectados, y empezar a sembrar.
¿Qué es el SGAC y por qué consideras que Honduras necesita tener una voz en esa red vinculada a las Naciones Unidas?
El SGAC, o Space Generation Advisory Council, es una organización internacional que representa a la generación de jóvenes estudiantes y profesionales del sector espacial a nivel mundial. Tiene estatus consultivo permanente ante el comité de las Naciones Unidas para el uso pacífico del espacio ultraterrestre, lo que significa que lleva la voz de los jóvenes directamente a las discusiones globales sobre el futuro del espacio.
Además de esa representación, ofrece a sus miembros la oportunidad de contribuir mediante proyectos, iniciativas, becas y conferencias internacionales. Honduras nunca ha tenido conexión con esta organización, y creo que para empezar a construir esa colaboración, es necesario que haya al menos una persona abogando por el país dentro de ese espacio. No podemos esperar tener una voz en el futuro del sector espacial si ni siquiera estamos presentes en las conversaciones donde se está definiendo.
Si eres elegido National Point of Contact de Honduras ante el SGAC, ¿Cuál sería tu primera acción concreta?
Si soy seleccionado, mi plan se estructura en tres horizontes. En los primeros seis meses, establecería la presencia de Honduras en el SGAC: crear la página nacional y los canales de comunicación, hacer un primer acercamiento a universidades hondureñas UNAH, UTH y a organizaciones como el IICAT, Cocesna y Honduras STEM Foundation.
Organizar al menos un evento virtual introductorio en español para presentarles la organización a los jóvenes hondureños. También coordinar con los puntos de contacto de Guatemala, El Salvador, Costa Rica y Nicaragua para fortalecer la voz colectiva de Centroamérica.
Al cumplir el primer año, buscaría construir una red local de al menos diez voluntarios activos, organizar un evento presencial del SGAC en Honduras junto al IICAT, UTH y la UNAH, y promover las becas y el Space Generation Congress entre los estudiantes hondureños, apuntando a que al menos un delegado hondureño aplique.
Consolidar la red con estructuras de liderazgo sostenibles, formar a un sucesor para asegurar la continuidad, y contribuiría a las discusiones sobre el rol de Honduras en el desarrollo espacial regional. La idea es no dejar algo que dependa de mí, sino sembrar una base que siga creciendo después.

¿Cómo describirías la brecha que existe entre lo que Honduras tiene hoy y lo que podría tener en 20 años en este sector?
Hoy la brecha es grande, no lo voy a negar: partimos de casi cero en infraestructura, formación e instituciones dedicadas al sector. Pero la distancia entre lo que Honduras tiene hoy y lo que podría tener en veinte años depende menos de recursos y más de decisiones, de empezar a construir los cimientos ahora.
En veinte años, imagino una Honduras que al menos tenga representación constante en los espacios internacionales del sector, jóvenes hondureños participando en programas y conferencias globales, y quizás los primeros programas académicos o técnicos relacionados con lo aeroespacial dentro del país.
No hablo de que el país lance cohetes en dos décadas, sino de algo más realista y más valioso: que deje de estar ausente de la conversación. La brecha no se cierra de golpe, se cierra paso a paso, y lo importante es dar el primero.
¿Qué significa para ti ser un catracho de Comayagua en espacios donde Honduras casi nunca tiene cara?
Es un gran privilegio poder representar algo tan grande en un área tan hermosa de explorar. Significa cargar con orgullo el nombre de mi país y de mi ciudad en espacios donde Honduras casi nunca tiene presencia, y entender que cada vez que estoy ahí, no estoy solo yo, está Comayagua, está Honduras, está toda la gente que cree que esto es posible.
Más que un privilegio, siento la responsabilidad de sembrar los cimientos para los que vienen detrás, para que el próximo joven hondureño que llegue a uno de estos espacios ya no sea el primero, ni el único.
¿Te has sentido en desventaja por tu origen latinoamericano en entornos académicos o profesionales en Estados Unidos y cómo lo has manejado?
Sí, ha habido retos. Como estudiante internacional, hay puertas que simplemente están cerradas, oportunidades, programas y empleos que requieren ciudadanía, especialmente en un sector tan ligado a la defensa.
También, está el reto de entrar a espacios donde casi nadie comparte tu idioma, tu acento o tu contexto. Al principio eso puede hacerte sentir fuera de lugar. Pero con el tiempo aprendí a manejarlo de una forma distinta, en lugar de ver mi origen como algo que me limita, empecé a verlo como algo que me distingue.
Traigo una perspectiva, una historia y una resiliencia que nadie más en la sala tiene. Mi origen dejó de ser una desventaja para convertirse en mi sello, en lo que me hace memorable y en lo que le da sentido a todo lo que hago.
¿Qué le dirías hoy a un joven de 13 años en Honduras que tiene un sueño parecido al tuyo pero no sabe por dónde empezar?
Le diría que no espere a sentirse listo, porque esa sensación de Todavía no estoy preparado probablemente nunca se va del todo, yo todavía la siento. Pero que entienda una cosa: el No ya lo tiene asegurado si no lo intenta. El Sí solo aparece cuando uno se atreve.
Le diría que investigue, que pregunte, que toque puertas aunque le dé miedo, porque cada puerta que abre, aunque se la cierren, lo acerca más a la meta.
También, que su origen no es un límite: es su punto de partida. Honduras está lleno de talento; lo único que a veces falta es alguien que les diga que sí se puede.

Dices que quieres ser el modelo que tú no tuviste. ¿Qué características tendría ese persona ideal que sientes que te faltó?
Creo que el modelo que me hubiera gustado tener es alguien que ya hubiera recorrido este camino. Alguien de mí mismo contexto que demostrara con su propia historia que no hace falta venir de una familia adinerada ni de una gran ciudad para llegar lejos.
Me hubiera gustado tener a alguien que me orientara en lo práctico: qué pasos seguir, qué oportunidades existían, qué errores evitar. Pero más que eso, alguien que me diera la seguridad de que pertenecía a estos espacios, incluso cuando yo mismo lo dudaba.
¿Cómo defines el éxito? ¿Lo consideras un logro personal, un impacto colectivo o una combinación de ambos?
Ambas cosas, el esfuerzo es innato de cada uno, nadie lo hace por ti, pero no podría haber logrado nada sin la red de apoyo que he construido a lo largo de los años. Cada persona que se ha cruzado en mi camino me ha enseñado algo, y deja en mí enseñanzas que pongo en práctica en todo lo que hago.
Por eso, para mí el éxito real no es solo llegar donde estoy, sino poder abrir la puerta para que otros lleguen también. Un logro que se queda solo en uno mismo se siente incompleto; un logro que inspira o que le facilita el camino a alguien más, ese sí trasciende.
El éxito, en mi caso, se mide en cuántas puertas logro dejar abiertas detrás de mí.
¿Cómo imaginas Honduras en el mapa aeroespacial global dentro de 15 o 20 años, y qué parte de ese futuro quieres construir tú?
Imagino un Honduras que haya dejado de estar ausente en el mapa aeroespacial, no como una potencia, pero sí como un país presente, con jóvenes participando en programas y conferencia internacionales, con instituciones conectadas a redes globales, y con los primeros cimientos de formación en el sector.
Mi parte en ese futuro la veo con humildad y claridad: me imagino como uno de los que ayudaron a sembrar lo primero. Como punto de contacto ante el SGAC, mi rol sería conectar instituciones, gestionar esas primeras alianzas, abrir puertas internacionales para los jóvenes hondureños, y dejar una base sólida y un buen legado para quienes vengan después.
Si dentro de veinte años Honduras tiene una presencia real en este sector, y yo puedo decir que aporté a encender esa primera chispa y a conectar las primeras piezas, me sentiría profundamente satisfecho.

¿Qué forma concreta tomaría devolver el conocimiento a Honduras? ¿Universidad, política pública, empresa, otra cosa?
Lo veo en varias formas concretas, todas complementarias. La primera y más inmediata es a través de la representación y la gestión: conectar a Honduras con organizaciones internacionales como el SGAC, abrir acceso a becas, conferencias y programas para los jóvenes hondureños, y tender puentes entre el talento de aquí y las oportunidades de afuera.
La segunda es a través del conocimiento: traer de vuelta lo que aprendo en estos centros de primer nivel, formas de investigar, de innovar, de liderar, y compartirlo, ya sea mentorando estudiantes, colaborando con universidades, o apoyando iniciativas como las que ya están surgiendo en el país.
Creo firmemente que invertir en un joven hondureño que se forma afuera no es perderlo, es ganar un puente permanente entre Honduras y el mundo. Y yo quiero ser ese puente.
¿Tienes pensado en algún momento regresar a vivir a Honduras, o ves tu trabajo por el país desde afuera?
El camino de un ingeniero aeroespacial es internacional por naturaleza, y parte de mi valor para el país está justamente en las conexiones globales que pueda construir. Pero lo que sí tengo claro es que mi compromiso con Honduras es permanente.
Mi intención es seguir construyendo, abriendo puertas, trayendo conocimiento y oportunidades al país dentro del mismo. Honduras va conmigo, y todo lo que logre va a tener, de una forma u otra, el nombre de mi país detrás.
¿Qué alianzas con universidades, empresas o individuos crees que Honduras necesita construir urgentemente en el ámbito espacial?
Creo que hay varias alianzas urgentes. La primera es con organizaciones internacionales de representación, como el SGAC, que le darían a Honduras una voz en las conversaciones globales del sector.
La segunda es con universidades, tanto estadounidenses y europeas que ya tienen programas aeroespaciales consolidados, las hondureñas podrían empezar a desarrollar formación en el área.
La tercera es regional, integrarse a esfuerzos como la Agencia Latinoamericana y Caribeña del Espacio ALCE y fortalecer la colaboración centroamericana, porque ningún país pequeño avanza solo en este sector, pero juntos, como región, sí tenemos peso.
La cuarta es con el sector privado y el gobierno, empresas e instituciones dispuestas a apostar e invertir en el talento joven. Más que alianzas con grandes potencias, la nación necesita empezar por construir su red de aliados cercanos y accesibles, e ir creciendo desde ahí.

Si pudieras sentarte con el presidente de Honduras mañana y hablar de política espacial y científica, ¿qué le dirías?
Le diría que represento a una generación de hondureños con un talento enorme y unas ganas inmensas de poner el nombre de Honduras en alto, pero que muchas veces lo único que nos falta no es capacidad, sino respaldo.
Le compartiría que el sector espacial es uno de los que más rápido está creciendo en el mundo, que no es ciencia ficción, sino una industria real que mueve economías, genera innovación y define el futuro, y que sumarse a ese movimiento, por pequeño que sea el primer paso, puede beneficiar a la nación y colocarnos en un lugar que nunca hemos ocupado en el mapa mundial.
Le pediría, con humildad, algo concreto, apoyo para seguir formándome y para representar dignamente a Honduras en los espacios internacionales donde se está construyendo ese futuro, las conferencias, los programas, las redes globales. No lo pediría solo para mí, sino porque entiendo que cada puerta que yo logre abrir queda abierta para el que viene detrás.
Tener el respaldo de todo un país convertiría esta hazaña, en algo mucho más grande, más viable y sostenible. Le diría que invertir en su gente joven, en su talento, es la inversión más segura que un país puede hacer en su propio futuro.
Fernando Antonio Salinas Romero, si pudieras resumir en una sola frase quién eres y hacia dónde vas, ¿cuál sería?
Soy un hondureño de Comayagua que decidió apuntar hacia las estrellas, construyéndome un camino y aprendiendo día a día, buscando abrirle la puerta a quien venga detrás.

Fernando Antonio Salinas Romero ha compartido una tarde llena de conocimientos científicos con ICONOS Mag, dejando reflexiones, convicciones y buenos deseos para las próximas generaciones que desean cumplir sus sueños por irreales que sean.



