
Padre Jack Warner - fotos inéditas e historia para la serie El arte de mi país by ICONOS Mag & Banpaís Honduras
El padre Warner adquirió el establecimiento anteriormente propiedad de la Tela Railroad Company a un costo de un dólar
ICONOS Mag
Texto Sabino Gámez
1 julio, 2026
El Progreso. Recordar a Jack Warner es referirse a los Jesuitas de la Compañía de Jesús y de ubicar a la ciudad de El Progreso, pero principalmente, de teatro La Fragua; su más grande legado de arte escénico a un país que abrazó como suyo pero que Honduras nunca le reconoció todo lo que le aportó.

El norteamericano Jack Warner se fue de Honduras en enero 2021, después de 42 años de servir como padre jesuita, inspirar a la juventud y ser referente del teatro, pero de un teatro distinto.
Lo suyo era teatro social, popular y de resistencia cimentado en la escasez de escenografías y efectos, simplemente valiéndose de un auténtico arte teatral dramático libre de artificios.
Un día antes de regresar a Missouri, Estados Unidos, recibió a ICONOS Mag para una entrevista donde abordaba muchos pensamientos, recordaba lo trascendental que vivió en la Perla del Ulúa y el nuevo futuro en su país natal.
Lastimosamente, la entrevista nunca vio la luz. El novel periodista que tenía la misión de escudriñar en el corazón de Warner a través de una producción preparada por él mismo, falló en todo sentido.
Para desgracia; su improvisación, su falta de criterio y sobre todo, la irresponsabilidad de no ver más allá, pasó una factura impagable: la entrevista pregrabada no sirvió.
De aquella mañana en el jardín de La Fragua en la ciudad de El Progreso quedó una amarga lección profesional, la cual es más nunca confiar en los nuevos talentos, principalmente en aquellos que no toman con seriedad y profesionalismo la premisa de que en periodismo, no existen las segundas oportunidades.
Tras ese amargo episodio, todo se archivó. El nefasto momento quedó en el olvido por muchos años en la sala de redacción de ICONOS Mag, pero renació cuando el padre Jack Warner murió el 4 de octubre 2025.
Tras conocerse la noticia del fallecimiento, de inmediato surgió la gran pregunta: ¿qué pasó con las fotos de esa producción?
Resulta que aún se conservaban con perfecta edición y hoy Banpaís Honduras y su proyecto El arte de mi país by ICONOS Mag, recupera un inédito y exclusivo material gráfico de incalculable valor.
Click aquí: La Fragua, teatro del pueblo que aún resiste tras la ausencia de su fundador
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Jack Warner hizo de la ciudad de El Progreso, su hogar y de Honduras, el país que amó más allá de las palabras. Su vida fue admirable. Dedicó cerca de 40 años de ella a sembrar, cultivar y cosechar adeptos al teatro social.
Su génesis en Honduras fue en 1977 cuando llegó de vacaciones y a la vez, alternó con una misión evangelizadora de la Compañía de Jesús. A veces lucía lentes, cabello largo y hasta un pañuelo en la cabeza, un distintivo hippie de la época.
En ese viaje descubrió que su anhelo teatral tenía futuro, principalmente, por la red de parroquias de los jesuitas en la zona norte. Además, sabía que podía hacer dos cosas al mismo tiempo: ser jesuita evangelizador y producir teatro.
Dos años más tarde, volvió en enero de 1979 a la ciudad de El Progreso. Traía algo valioso que se llevó al regresar a Estados Unidos.
Se trataba de una libreta llena de contactos de líderes de sindicatos de San Pedro Sula que anhelaban incursionar en el teatro pero que no sabían cómo ni cuándo hacerlo.

Pero ¿cómo nace La Fragua? Resulta que el padre Warner tenía un amigo que era sacerdote colombiano asignado a una parroquia en Olanchito, Yoro y lo invitó a trabajar con un grupo juvenil de esa ciudad.
Es ahí donde nace el teatro que él quería hacer, en Olanchito el 19 de julio de 1979. «Se estrenó la primera obra en una casita de adobe convertida en un teatro muy sencillo con capacidad para unas 80 personas «, destaca la biografía. Eso sí, aún no había nombre.
Jack Warner ya tenía tres obras montadas en ese tiempo. Una era para público infantil y dos, para adultos.
Gracias a su visión y organización, estaba programada hasta la gira artística. Lastimosamente, las presentaciones fueron suspendidas por un huracán que afectó las carreteras de la ciudad de Olanchito.
Este admirable cura norteamericano no bajó las manos. Al contrario, se puso a visualizar el futuro y encontró en El Progreso, un inmueble perfecto para que fuera la sede de su proyecto.
La instalación de madera con más de 60 años de construcción esta edificada a la rivera del río Pelo en la colonia Patty, justo en medio de un enorme predio con verdes jardines y arboleda.
Fue propiedad de la compañía bananera Tela Railroad Company. La empresa la vendió a los jesuitas por un dólar, literalmente un precio simbólico.



El tiempo se ha detenido en ese inmueble de gran tamaño. Muchos progreseños que lo visitaron en la niñez y han regresado, lo recuerdan exactamente igual. Nada ha cambiado. Ni las plantas, ni los árboles, ni el color de la pintura, ni los senderos.
El padre Jack Warner le hizo reparaciones y acondicionamientos a la estructura y los espacios en 1980 para, un año después, presentar sus primeras obras.
El piso y las paredes de madera recrean un enorme salón de baile, conocido como El club juvenil en el apogeo de la era bananera. Además, un enorme patio que sirve de parqueo.
El cuanto al nombre de La Fragua, resulta que fue un propuesta del sacerdote jesuita norteamericano Patricio Wade, quien dirigía un centro de formación campesina de la Compañía de Jesús en El Progreso y así era conocido.
«La fragua es un horno donde se calienta el hierro y luego se forja. La misión de La Fragua es formar personas a través del teatro y convertirlos en profesionales de las artes. Este teatro no exige requisito de preparación académica a quien quiere pertenecer a él. Mucho mejor si nunca ha hecho teatro«, reza la biografía.
El padre Jack Warner eligió ese nombre a modo de metáfora, porque veía el arte como fuego y trabajo, un espacio donde se forja la identidad.
En una ocasión declaró: «La Fragua es el lugar donde el hombre y la mujer se moldean con esfuerzo, hasta volverse algo más grande que sí mismos«. Esa declaración fue con la voz tranquila de quién entiende la profundidad del símbolo.

Cuando todo estaba listo, el padre Warner por fin abrió el telón. Su primera obra Las dos caras del patroncito abordaba el tema de los trabajadores migrantes en California. Básicamente fue para experimentar y medir la aceptación a algo nuevo para la época y la gente.
La trama fue adaptada e inspirada en los cortadores de café. Él fue actor de dicha puesta en escena y dio vida al patrón enérgico y explotador.
Su actuación fue experimental para formar a los jóvenes aspirantes a actores. Se le sumaron dos obras más: Juegos peligrosos que se desprende de un cuento popular de El Salvador y El asesinato del X, historia de Argentina. Solamente lo hizo en los años 1979 y 1981.
Con La Fragua, Warner produjo cerca de un centenar de obras. Una de las más famosas fue El asesinato de Jesús. Vibrante, audaz y con una reflexión contundente sobre la vida del Redentor.
El padre Jack también se inspiró en el prócer Francisco Morazán para producir la obra Alta es la noche y en fray Bartolomé de las Casas para la puesta en escena Réquiem por el padre De las casas.
Su visión de teatro fue más allá. Romero de las Américas se une a esa lista de grandes obras que se desprende de la realidad. Está inspirada en la lucha, muerte y legado del inolvidable monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, mártir de El Salvador y Centroamérica.
También, Navidad nuestra. «La pieza ubica la Navidad hondureña en el contexto de la celebración universal de la fiesta y la rica diversidad de expresiones culturales que ha inspirado en todas partes del mundo a lo largo de los siglos«, describe la bio.
El padre Jack Warner lo hizo diferente. Eso sí, con arte de sobra. No se enfocaba en vestuarios ni utilería rebuscada. Todo era sencillo.
Los actores se valían de vestimentas acorde a la historia e histrionismo como cimiento artístico. La buena iluminación con efectos, la música, las letras y los ritmos así como movimientos y otros trucos sin tanta parafernalia, eran los aliados.
Cada obra estaba concebida para reflejar los problemas sociales, políticos, religiosos y cotidianos haciendo que el público conectara con la esencia de La Fragua.
En definitiva, el padre Warner conjugaba su lema «Tierra, aire, fuego, agua, ¡Ustedes y nosotros somos teatro la fragua! Con ello, bastaba y sobraba porque para él, la actuación era lo más importante y así lo hizo valer.


El padre Jack Warner tenía un destino marcado por su descendencia. Su nombre real era John Buckner Warner. Nació el 18 de octubre de 1944 en Portsmouth, Virginia, Estados Unidos.
Sus raíces eran irlandesas. Era parte de la tercera generación de la familia Buckner Warner. Sus bisabuelos fueron inmigrantes irlandeses que encontraron un nuevo hogar en Estados Unidos.
Los patriarcas de esa familia eran de la aristocracia de la época. Gente de linaje, aunque según antecedentes, también habían miembros plebeyos.
El árbol genealógico más cercano se descifra así: tres abuelos eran irlandeses y una abuela, norteamericana. Al emigrar, su abuelo paterno se casó con una campesina en Estados Unidos. De ahí, sus raíces estadounidenses.
Tanto su padre como su abuelo paterno se llamaban Jack Warner. Los hombres de la familia paterna pelearon en conflictos bélicos como la guerra civil norteamericana y la Segunda Guerra Mundial. El padre de John Buckner Warner o padre Jack era parte de la fuerza naval de Portsmouth, Virginia.

Fue hijo de Claire Stanley y John B. Warner Jr. Tuvo 6 hermanos: Mary Katharine Whitt, ya fallecida. Aún viven Mary Margaret Peggy Facer, Mary Patricia Pat Warner, Marie Elizabeth Betsy Warner, Michael O’Reilly Mike Warner y Edward Kinsella Ted Warner.
Además, era tío de 12 sobrinos y primo de muchos. En Honduras, era considerado padre, abuelo y hasta bisabuelo de cientos de familias que lo amaron por su calidad humana.
A los 18 años ingresó Seminario de San Estanislao en Florissant, Missouri de la Compañía de Jesús o Jesuitas. Corría el mes de agosto de 1962.
Dos años más tarde, 1964, profesó sus primeros votos y fue ordenado sacerdote el 11 de mayo de 1974, exactamente a los 30 años, en la iglesia del colegio San Francisco Javier en San Luis. Dejó todo y entregó su vida a Cristo porque quería servir al prójimo.
Siendo seminarista, durante dos años enseñó inglés en la escuela secundaria de la Universidad de St. Louis. Ahí fundó un coro y dirigió numerosas obras de teatro. Además, se graduó como licenciado en filosofía y teología en la Universidad de San Luis.
El padre Jack Warner hablaba el idioma español con fluidez. Tras su ordenación, pasó un año estudiando teología y perfeccionándolo en Cochabamba, Bolivia.
Trabajó en un hospicio infantil, hizo radio en la capital Sucre y en Cochabamba y de esa convivencia con sabor latino, entendió que su destino era otro.
Luego, obtuvo una maestría en dirección teatral en la escuela de arte dramático Goodman de Chicago. Todo eso le valió para fundar La Fragua y echar raíces en el corazón de los progreseños.
El viaje que luego hizo a Honduras, lo marco, lo amarró y lo enamoró. Le fascinaba el aroma del café, la gente, la hospitalidad, el cariño y el gentilicio catracho.
Amaba tanto la ciudad de El Progreso que en 1986 profesó sus votos perpetuos, la consagración total mediante los tres consejos evangélicos: pobreza, castidad y obediencia. Para ese tiempo tenía 42 años.

La pandemia o Covid-19 fue un punto de quiebre en la vida del padre Jack Warner. Aunque era un hombre de rompe y raja, cuidó su salud más que nunca pero no dejó de trabajar.
De hecho, las obras teatro La Fragua las rediseñó para convertirlas en obras radiales que fueron difundidas por radio Progreso. Además, quedaron como archivo y tesoro artístico.

Los ensayos los dirigía con fe, disciplina y ternura. Exigía excelencia. Para él la actuación era un acto de verdad, respeto hacia el público y para el actor mismo. Sus pupilos recuerdan que los hacía repetir una escena una y otra vez hasta que salía como él visualizaba.
Por La Fragua pasaron miles de jóvenes de todas las latitudes. Algunos incursionaron en la actuación, otros se hicieron músicos, pero lo que a nadie le queda duda; es que todos son hombres y mujeres de bien y provecho por el padre Jack Warner.
Al escribir esta historia, ICONOS Mag recuerda fragmentos de frases que marcaron la mañana de encuentro. Una de ellas es: ‘lo que necesitamos son políticos honrados, es claro que no hay muchos de esos«, refiriéndose a lo que acontecía en Honduras.
En una entrevista declaró que el arte y la religión tienen su origen de la misma fuente. «Ambos nacen de la necesidad de ponernos en contacto con algo más grande que nosotros‘.

Decía que el arte y la religión brotan del mismo origen. «Ambos nacen de la necesidad de ponernos en contacto con algo más grande que nosotros«, afirmaba.
Una tarde de noviembre 2021, le llegó un email donde sus superiores le notificaban que su tiempo en Honduras había llegado a su fin y que debía regresar de inmediato. Los que estaban ahí, ensayando una obra, recuerdan que el padre Warner se vio afectado por la noticia. No la esperaba.
Su vida cambió de un momento a otro, sin embargo, hizo micos y pericos para evitar el regreso a su patria. Sólo obtuvo una prórroga de dos meses. En ese tiempo, tuvo que dejar todo en orden y correctamente preparado.
Finalmente, el domingo 31 de enero 2022, el admirado padre jesuita Jack Warner agarró dos sencillas maletas, se encumbró al aeropuerto y se fue de Honduras para siempre.
A su despedida llegaron muchos de sus cercanos que lloraron mares y con pancartas, lágrimas y abrazos, le dijeron lo mucho que lo amaban y extrañarían. Llegó con 34 años y se iba con 76. Además, con una salud quebrantada, el principal motivo de su partida obligada.
Antes de pasar migración, dijo: ‘es toda una vida que llevo aquí, extrañaré todo esto. Honduras es mi país, yo siempre voy a ser un exiliado en Estados Unidos’.

Al llegar a Misouri, se instaló en una comunidad de jesuita jubilados en el campus de la Universidad de San Luis. Ahí lo cuidaron hasta que falleció el 4 de octubre 2025.
El regreso de Warner a Estados Unidos fue un golpe duro, triste y nostálgico. Su vida ya no era la misma. Le fascinaba vivir en Honduras. Se consideraba un hondureño más.
El sábado 18 de octubre 2025 fue despedido con una misa a las 10.00 am en la capilla del salón San Ignacio de la comunidad jesuita de Garden Villas North, en Florissant.
Su funeral fue en el cementerio Calvary y posterior al entierro, se ofreció una recepción póstuma en el el St. Louis University high school de San Luis. Su mano derecha Edy Barahona viajó para rendirle honores a su maestro, al padre que la vida le regaló.


En Honduras, lo único que buscaba el padre Jack Warner era usar sus aptitudes para ayudar a los demás. Y lo cumplió. Fue testigo del impulso creador de hombres capaces de convertir los desafíos en oportunidades y las adversidades en esperanza.
Lo que hizo, es incuantificable. Su propósito fue silencioso y su vocación nunca buscó brillo. Solo servir desde el corazón. Por ello, lo único que se llevó de Honduras fue una palabra tan sencilla pero poderosa. La primera que aprendió del idioma español.
Esa palabra es ¡amor!, el sentimiento que lo movió a estas áridas tierras para el arte teatral pero que él las cultivó y las hizo florecer.
Bibliografía – Para crear este artículo póstumo en memoria del padre Jack Warner se consultó la biografía de teatro La Fragua, diario CoLatino, Jesuits Central & Southern, reseñas de periodista Lenín Berrios, así como apuntes inéditos de esa entrevista que ICONOS Mag no llegó a publicar por errores de producción.



