El Viernes de Nicole

Malabareando el brillo

Hoy no pensaba escribir un Viernes de Nicole. Pensaba publicar un artículo que utilicé para una ponencia el día de ayer. Reunía a cuatro escritoras hondureñas más. Estaba tan segura de publicar el artículo, que le dije a mi editora que lo podría revisar desde muy temprano, tipo miércoles (ahora me va a matar porque sé que hoy se encuentra “malabareando” millones de cosas a la vez. Muy amablemente acudí a una nueva editora para que me ayudara en este proceso). Es tarde y estoy escribiendo aún.

Amé como quedó el artículo, y me parece importantísimo compartir el espectacular arte que tenemos las mujeres hondureñas en malabarear la vida, más durante esta pandemia, (espero hacerlo en algún momento). Hoy quiero compartir con ustedes un sentimiento que surgió ayer, a través de la experiencia del micrófono abierto con estas mujeres espectaculares.
Desde muy chiquita era la declamadora oficial de la escuela. Iba a todas las competencias, y cuando les digo que amaba ganar, me quedo corta. Era tanto este sentimiento, que si no escuchaba mi nombre empezaba a llorar de los nervios. Tengo miles de fotografías recibiendo mi premio con los ojos y la nariz roja y moqueando. No era llanto de emoción ni de tristeza, era llanto de mi ansiado gane.

Al llegar a la universidad, estas actividades literarias mermaron. Fui muy buena estudiante de derecho, pero no daba el 100% de mí en todas las clases, solo en las que me apasionaban. En derecho penal y civil, me lucía con mis exposiciones de casos. Tenía un sentimiento de satisfacción espectacular cuando llegaba el 100 en el examen. Ya no lloraba de la emoción, pero si tenía esa misma sensación al tomar un escenario y declamar.

Llegué al juzgado para hacer mi práctica profesional y nuevamente traté de ser la escribiente con mejores escritos, porque estaba aplazada en puntualidad y de repente hasta en actitud. Algo pasó en el juzgado. No sé bien qué fue, pero siento que perdí el apetito por brillar. Me apagué de diferentes maneras, una de ellas fue mi vestimenta. Trataba de encajar en mi ambiente. Sentía, como les digo, ese deseo de achicarme para poder encajar en mi entorno. Era algo muy curioso, ya que mi mamá siempre me ha enseñado que incluso cuando vas a ejecutar un embargo al lugar más marginal, debes de ir ESPECTACULAR. ¿Por qué esta lógica? Porque nadie va a respetar a un abogado que se vea destartalado. Te ves pulcro e imponente. Claro, esto también viene acompañado de una actitud de saberte “la mamá de los pollitos”.

Una de las múltiples ocasiones en las que había comenzado a llorar porque mi nombre no llegaba. Primer lugar en declamación.

Cuando intentas algo con tantas fuerzas, como yo intentaba ser una más del montón, en serio se cumple. Te volves irrelevante. Nada me interesaba y muy pocas cosas cautivaban mi corazón. Cuando por fin encontré un resquicio de luz, se me dijo que mi personalidad era soberbia y ese era el pecado de Lucifer. Así que después de esas palabras, OBVIAMENTE, no te dan ganas de pecar de esta manera y mucho menos que Dios te exilie del paraíso por soberbia. Así que en humildad y recogimiento seguí las “instrucciones” recibidas. Traté de hacerme tan pequeña. Sin voz, sin brillo y sin adornos. Simplemente era como “Vicente, donde va toda la gente”.

Claro, Dios no se deja ganar en misericordia y pues se encargó de que me fuera amando y restaurando mi brillo natural. A mi me hizo el Dios que sopló vida al mundo, que puso las estrellas y los planetas en los cielos y YO me estaba achicando para honrarlo, poco contradictorio, ¿no?

Me di cuenta que yo estoy hecha a imagen y semejanza de Dios. Soy su obra y yo no sé ustedes, pero mi Dios no hace cosas pequeñas. Me di cuenta que no necesitaba hacerme pequeña y que la humildad no dependía de mi actitud de querer brillar. Dios me hizo para brillar. Me dio una voz fuerte y clara para servirlo a Él. Que no debo ajustarme ni medirme con la regla de otros, si no explotar con TODOS los talentos que ÉL me dió.

Muchas veces queremos quitarnos brillo. Queremos reducirnos para que los demás brillen. Pensamos que si reducimos nuestro brillo habrá más chance para que los demás brillen, pero no es así. Todos fuimos hechos para brillar. Todos tenemos maneras únicas de iluminar el mundo y NUNCA nos debemos de apagar para dar paso a los otros, hay espacio suficiente. No podemos disminuir nuestras capacidades ni suprimir nuestra inteligencia por pensar que eso es lo que el mundo quiere. Eso no es humildad, es mediocridad. El mundo ha desarrollado una actitud de “auto-compasión” o no sé, una actitud de querer dar lástima y de esa manera brillar. Me parece terrible porque no tenemos que empequeñecernos ni volvernos lastimosos para ganar. Podemos ser perfectamente luminosos, manejando el escenario, ganando en la vida, sin hacerle sombra a otros.

¿Por qué queremos encajar en un patrón?

Así que hoy les digo: ¡BRILLEN! ¡No es soberbia, es para lo que fueron creados! No se preocupen porque no apagarán a nadie, todos fuimos hechos para eso, para BRILLAR. El día de ayer en el micrófono abierto, se dió el mejor ejemplo de esto. Cinco escritoras hondureñas compartimos nuestras piezas literarias, ninguna opacó a otra. TODAS BRILLAMOS A NUESTRA PROPIA MANERA. Cuando pienso como nos veían las personas desde sus hogares, solo me imagino una cegadora luz cada vez que una de nosotras hablaba.

Les comento que mi apetito por los escenarios volvió. Cuando leo algo que me emociona, me salen las lágrimas. Cuando escribo algo de lo que me siento orgullosa y se me paran los pelitos, lloro. Tampoco me hago la buena ni la santa, soy lo que soy, tratando de ser mejor cada día. Y no saben que bello es tener este sentimiento de saber que BRILLO para encandilar el mundo. Ya no malabareo mi brillo.

¡Feliz Viernes!

😊

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