
La entrevista del pintor hondureño Rigoberto Meléndez en El arte de mi país by ICONOS Mag y Banpaís Honduras
En 1996 ganó el salón nacional de pintura del Centro Cultural Sampedrano CCS, su primer gran triunfo
ICONOS Mag
Texto Luis Hernandez / Fotos Cristian Alvarado
4 febrero, 2026
Tegucigalpita, Omoa. Rigoberto Meléndez lleva más de treinta años en un mundo artístico que no le ha hecho justicia a su talento ni le ha reconocido su calidad como maestro del pincel y el arte primitivista.
Su constante pasión por la pintura y el amor hacia la naturaleza están anclados en su remota y amada Tegucigalpita, una comunidad a pocos kilómetros de la frontera de Corinto que conecta con Guatemala.
Ahí, su éxito se acurruca entre calles de tierra, cultivos de cardamomo, la paz del campo y una pequeña habitación rudimentaria de donde nacen sus espectaculares obras Naif.

Su casa de bloque desnudo está rodeada de campo, de gallinas, de cultivos. No se presenta como un taller convencional o suntuoso. Es un espacio donde la vida diaria y el acto creativo conviven sin pleito alguno.
Allí pinta, observa y recuerda, pues para él, el tiempo en ese cuarto parece avanzar con otro ritmo. Al ritmo de su pincel, de su inspiración, de sus colores y de todo aquello que enmarca el costumbrismo.
Su trayectoria se ha construido con paciencia, aprendizaje empírico, errores y persistencia. Su pintura nace de aquello que muchos no valoran o creen que no tiene belleza: la naturaleza.
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Su técnica Naif es un tesoro para el arte nacional, pues no hay tantos pintores en Honduras que plasmen la cotidianidad con magistralidad como lo hace su pincel.
Tiene un sello característico más allá de su firma: nunca falta el árbol multicolor en cada obra que simboliza la vida llena de color que se replica o renace en cada pintura.
Además, jamás olvida sus raíces y Tegucigalpita ha sido, es y será siempre su hogar sin importar lo fascinante que sea su carrera.



Cada día, don Rigo está acompañado de su amada Rosa Iraheta Gavarrete, con quien tiene una familia de la cual son fruto Yaritza Magdalena, Julio César, Erik Dagoberto y Dylan Alexander Meléndez Gavarrete.
De hecho, de todos sus hijos, Yaritza Magdalena lleva el arte en sus venas y ha dado pausadas pinceladas que si se dedicara a tiempo completo, ya tendría labrada una ruta hacia el éxito.
Rigoberto es un indiscutible y auténtico maestro del arte hondureño. Sus trabajos roban las miradas de propios y extraños del lienzo tanto nacional como internacional.



Cuesta creer que nunca ha tenido un reportaje a la altura de su calidad artística. Solo pequeños artículos que no han profundizado de dónde viene, cómo aprendió y todo lo que ha logrado.
Aunque no reclama nada, merece todo. Es de esos artistas que no nacen todos los días. Su meticuloso trabajo no compite, no exige, no reclama. Sencillamente es brillante.
Para honrar su trayectoria, el prodigioso artífice es el segundo artista de la serie El arte de mi país by ICONOS Mag y Banpaís Honduras.
El potente cantar del cercano mar y la persistente lluvia han logrado que Rigoberto Meléndez se relaje, llore, ría, recuerde, valore y cuente su vida artística que para él es como el aire que respira.
Nació en 1967 en la comunidad de Tegucigalpita, en el municipio de Omoa, Cortés. Ahí, la infancia no fue abundante en lujos, pero sí en afecto, esfuerzo cotidiano y valores que se transmitían con el ejemplo.

Era hijo de los esposos Enma Meléndez Cano y Natividad Posadas Montes, quienes le brindaron esas enseñanzas que hoy hacen de su nombre, un referente del lienzo.
Su niñez transcurrió entre caminos de tierra, montañas verdes y una convivencia cercana con la comunidad.
Ese paisaje no fue solo un fondo: fue formación visual y emocional. Desde ahí comenzó a construirse una mirada atenta a lo cotidiano.
A los seis años, Rigoberto empezó a trazar líneas con lo que tuviera a mano: carbón de madera, achiote y lápices gastados. Dibujaba por impulso, sin intención artística pero con convicción y entrega absoluta.


Su familia observó ese interés con atención. Su padre fue el primero en comprender que aquello iba más allá de un pasatiempo.
En la escuela, algunos maestros reforzaron esa intuición, entre ellos, Óscar Rolando Archaga, quien supo reconocer el talento y lo alentó a persistir, insistir, resistir y nunca desistir.
En un día cualquiera y sin imaginar, su padre le dio el regaló más preciado que ha recibido en su vida: sus primeras latas de pintura. Seis colores bastaron para abrir un nuevo camino.
Cuando recuerda ese momento, las lágrimas salen con naturalidad. Vienen recuerdos que su corazón ha atesorado y que jamás antes había compartido con nadie.
Hoy cuenta con diversidad de herramientas para trazar su ideas, pero en aquellas épocas un pincel era una herramienta fuera de su alcance.
Eso no lo detuvo. Su ingenio y deseo de superación hicieron que tomara plumas de gallina y elaborara un pincel que representó el comienzo de una gloriosa carrera.



La adolescencia trajo contrastes. Hubo un periodo difícil marcado por el alcoholismo entre los 14 y 17 años. Esa experiencia dejó una lección silenciosa sobre disciplina y equilibrio.
A los 18 años ingresó a la milicia. De ahí su característica gorra que siempre le acompaña y su porte militar. En las barracas continuó pintando a escondidas entre la disciplina y silencio.
Finalizada esa etapa, siguió el llamado interior y se trasladó a San Pedro Sula, donde inició su formación en la Academia de Bellas Artes ABA de la recordada dama Rosario Chávez de Ruiz. Aprendió lo básico y entendió que aprender no significaba perder esencia, sino fortalecerla.

Trabajó en rótulos publicitarios, convivió con pintores de amplia trayectoria y fue asistente del artista Andrés Pacheco, absorbiendo aprendizaje desde la práctica y la observación.
El arte primitivista se consolidó como su lenguaje. Fue discípulo durante cuatro años de Manuel María Fernández. De él aprendió disciplina, respeto por el oficio y fortaleza de carácter.
En 1996 participó en el salón nacional de pintura del Centro Cultural Sampedrano CCS, logrando el primer lugar con una obra primitivista que narraba la vida rural hondureña.
Ese reconocimiento no solo le dio un premio económico, sino validación. Confirmó que el camino que había iniciado desde niño tenía sentido y futuro.



Desde entonces, su trabajo comenzó a circular con mayor visibilidad. Vendió obras en el mercado Guamilito.
También, comenzaron las exposiciones, las galerías y la aceptación paulatina de un estilo que no imitaba, sino que recordaba la perfección y la verdad.
En 2006, su obra cruzó fronteras al integrarse a la GINA Gallery of International Naïve Art en Tel Aviv, Israel, gracias al apoyo del gran artista Roque Zelaya Acosta.


Su camino no estuvo exento de dificultades. Momentos económicos complejos, críticas sin fundamento y pausas obligadas pusieron a prueba su constancia.
Sin embargo, la familia, la fe y la perseverancia fueron pilares inquebrantables. Nunca abandonó del todo el arte, aunque a veces tuviera que compartirlo con otras labores.



Rigoberto Meléndez sigue creando desde la misma esencia con la que comenzó: la honestidad del trazo, el respeto por la memoria y la convicción de que su mejor obra aún está por llegar.
Sus pinturas retratan la vida rural, los mercados, las fiestas, los caminos y el trabajo comunitario. No idealizan: observan.
Hoy, Rigoberto Meléndez, sin otro nombre ni otro apellido, alterna la pintura con el trabajo agrícola, la pesca y la vida cotidiana.


Treinta años después de sus primeros trazos, su obra sigue naciendo del mismo lugar: la tierra, la memoria y la vida compartida.
¿En qué año nació y cómo recuerda su infancia?
Nací en 1967. Mi infancia fue feliz con lo básico, lo necesario en mi familia y muy contento que mis padres se esforzaron por mi niñez.
¿Cómo era la vida cotidiana en su comunidad durante sus primeros años?
Lo normal de todo infante en sus quehaceres con sus padres, en una comunidad donde había mucho respeto, confianza y hermandad con mis hermanos, familia y amigos.
¿En qué comunidad nació, quiénes eran sus padres y a qué se dedicaban?
Nací en la comunidad de Tegucigalpita, Omoa, Cortés. Mi padre era el señor Natividad Posadas Montes y mi madre fue la señora Enma Meléndez Cano.


¿A qué se dedicaban?
Mi madre era ama de casa y mi padre se dedicaba a la labor del campo.
¿Qué valores familiares marcaron su niñez?
La obediencia. El ejemplo de mis padres es que eran trabajadores, muy educados y de la misma manera también me criaron a mí.
¿Recuerda el primer momento en que sintió curiosidad por la pintura, por el dibujo?
Fue a la edad de unos seis años cuando empecé a hacer mis primeros garabatos. Empecé a trazar con cualquier material que encontraba a mano: lápices, carbón de la madera y cosas así.
¿Qué emociones lo impulsaban a dibujar siendo tan pequeño?
Sentía internamente el deseo de querer plasmar cosas que no estaban a mi alcance, pero ya tenía aquella inspiración en aprender a dibujar y en algunos periódicos me acuerdo que miraba y curioseaba mucho las caricaturas del señor Douglas Montes de Oca Rosales alias Doumont y el señor Roberto Ruíz.
Por cierto, saqué cursos de caricatura con el señor Roberto Ruíz.
¿Cómo reaccionaba su familia al verlo dibujar?
Se empezaron a sentir contentos. Tal vez no con aquella gran importancia en dedicarle tiempo a uno de ver lo que ya empezaba a hacer mis primeros garabatos, pero mi padre fue uno de los que empezó a tomar más atención en ello y me empezó a apoyar comprándome algunos materiales.

¿Fue reprendido o alentado por esos garabatos?
Sí fui motivado, pero mucho más cuando me descubrieron en la escuela. Algunos maestros empezaron a prestarme atención y me felicitaban por las grandes hazañas que ya hacía con algunas figuras que empezaba a lograr.
¿Recuerda estos maestros? ¿Hay alguno vivo?
Uno de mis maestros que le tengo mucho aprecio y respeto es Óscar Rolando Archaga, que fue mi maestro de primaria y me admiraba mucho y me sigue admirando con lo que he logrado.
¿Qué recuerdos guarda Rigoberto Meléndez de pintar con carbón, achiote y otros materiales improvisados?
Yo empezaba a manchar todo lo que agarraba con carbón y achiote. Era feliz al empezar a hacer trazos y combinar mezclas con ese tipo de materiales.


¿Qué significa para usted colorear en aquella etapa infantil?
Era alegría, atracción. Una felicidad de poder empezar a hacer mis mezclas que no sabían hasta dónde me llevaban, si era lo correcto que hacía o no, pero era feliz haciéndolo.
¿Cómo describe ese impulso creativo que sintió de pequeño?
Fue el comienzo y caminar hasta donde estoy en este momento. Fue el punto de partida.
¿Considera que el arte fue un refugio emocional en su infancia?
Sí. Era un refugio emocional por el aspecto en que empecé improvisando y después sentía mucha atracción de ver lo que estaba empezando a lograr a través de la perseverancia.
¿Qué imágenes o escenas solía dibujar en estos primeros años?
Dibujé a un señor que era ciudadano español, que vivía en nuestra comunidad. Se llamaba don Vivian Cancela y esa fue una de mis primeras figuras que hice.



¿Ya aparecían escenas de pueblo y vida cotidiana en sus dibujos?
Las escenas de pueblo sí. Había empezado a hacer composiciones dentro de la figura, empezar a rellenar espacios y a crear ideas, hacer un dibujo más expresivo.
¿Qué papel jugó la observación del entorno en su formación temprana?
Mucho. observar el paisaje y el rico el ambiente de la zona donde yo vivo me inspiró mucho desde que empecé a dibujar todo el entorno como vegetación y montañas.
¿Cómo influyó la naturaleza de Omoa en su imaginario visual?
Bastante, y sigue influyendo mucho por la zona tropical donde vivo. Toda esa sincronía de colores verdes me motivó mucho.


¿Recuerda alguna anécdota especial relacionada con estos primeros dibujos?
Sí. Me gustaba hacer bosquejos de las montañas y del ambiente marítimo de la zona.
¿Sintió alguna vez que el arte era su camino?
Al comienzo no. Lo empecé a hacer por motivación, pero después empezó la atracción y ahí si fue mi camino.
¿Y cómo pasa usted de ser militar a dedicarse a la pintura y también mezclar esa parte de su vida con el cultivo de cardamomo?
Bueno, lo de militar fue a temprana edad, a 18 años. Antes de eso yo ya pintaba. Había egresado de Bellas Artes antes de prestar mi servicio militar y durante mi etapa en la institución castrense, pintaba de escondidas en la unidad militar.
Siempre traía algunos cuadros que yo pintaba en mi maleta de fin de semana y los oficiales siempre revisaban la maleta antes de salir. Me quitaron muchos cuadros.
En cuanto a la mezcla de trabajar en otros proyectos, en este caso en el campo, actualmente en la zona se está dando mucho el cultivo de cardamomo y gracias a Dios estamos haciendo un esfuerzo de involucrarlos en eso.
¿Qué diferencia había entre dibujar por juego o dibujar por necesidad?
Considero que todo empieza como un juego, pero a medida que se va involucrando, se va profundizando y descubre que hay algo ahí.
Eso puede llegar a producir algún efecto en cualquier aspecto, tanto emocional como económico, que puede respaldar el proceso en el que has entrado. Te puede respaldar y puede producir algún beneficio.


¿Cómo vivió el paso de la niñez a la adolescencia desde lo creativo?
Lo viví con mucha emoción. Percibía que en verdad eso era lo que me gustaba, incursionar en el arte.
¿Qué sintió Rigoberto Meléndez cuando su padre le regaló sus primeras latas de pintura?
Mucha emoción. Mi padre empezaba a ver el proceso en que estaba entrando y una vez me dijo que fuéramos a comprar unos materiales, me los iba a regalar. Me compró mis primeras latitas de pintura con las cuales elaboré mi primera obra ya pintada.
Eso me trae mucha nostalgia y recuerdo que así logré hacer mi primera obra.
¿Recuerda exactamente cómo era su primera obra?
Dibujé una rastra que circulaba en la carretera recién pavimentada y la pinté con plumas. Me inventé un pincel improvisado con las plumas de gallina y lo amarré, ese fue mi primer pincel.


¿Cómo surgió la idea de fabricar su pincel con plumas de gallina?
Fue ocurrencia. No podía lograr algunos detalles con los dedos y se me ocurrió crear un pincel con plumas de gallina.
¿Qué significado tiene hoy, después de 30 años, ese primer pincel artesanal?
Significa mucho porque nunca me imaginé, gracias a Dios, usar materiales de la calidad que hoy en día uso, pero para mí ese tiene mucho más valor.
¿Para usted, esas latitas de pintura son el mejor regalo que ha recibido en su vida?
¡Claro! Fue mi primer contacto con pintura y era lo mejor que tenía según yo. Para mí fue el mejor material que tuve.
¿Conserva alguna fotografía o recuerdos físicos?
No tengo ninguna. Yo sé que en la comunidad está esa primera obra, pero hace varios años atrás quise investigar y me di cuenta de la persona que la tenía y le propuse que si quería intercambiarla por una obra actual y dijo que no, que para ella valía más mucho esa obra.

¿Qué aprendió de ese primer intento artístico pictórico?
Aprendí a tener seguridad de lo que estaba haciendo y lo que quería hacer. Eso me daba motivación.
¿Imaginó en ese momento que sería pintor profesional 30 años después?
No lo imaginé, pero sí tenía el deseo de querer incursionar mucho más a fondo en esto. Tenía mucha motivación y entusiasmo por querer hacer cosas mejores. Soñaba que yo quería llegar a pintar profesionalmente.
¿Qué significado hay en su interior al ver que ahora crea cosas espectaculares como el arte Naif sin previo aprendizaje de esta técnica?
Satisfacción, porque lo aprendí de forma autodidacta. No hay maestros o escuelas que enseñen esta técnica. A uno le enseñan lo básico, no hay escuela donde te enseñen el arte Naif.

¿Qué emociones le provoca hoy recordar ese inicio tan humilde?
Nostalgia. Recordar mis comienzos y comparar las cosas que he logrado hoy me hacen pensar que todo tiene un comienzo y que la perseverancia e insistencia te llevan a mejorar día a día.
¿Cómo llegó a estudiar a la Academia de Bellas Artes de San Pedro Sula, a quienes recuerda ahí y qué papel jugó pertenecer a esa institución?
El sueño comenzó cuando mi padre me dijo ¿Qué es lo que querés? y yo dije que lo que quisiera es aprender a pintar. Mi hermana vivía en San Pedro Sula y me recibió para que iniciara mi aprendizaje.
Empecé trabajando en una empresa que hacía rótulos. Ahí me relacione con pintores de mucha carrera como el maestro Andrés Pacheco, Lucas Pineda y bueno, fui ayudante del maestro Andrés Pacheco a mucha honra.
Me enteré de que existía una academia de bellas artes y fui a pedir información y me dijeron que sí. Me matriculé y empecé a estudiar ahí.
¿Sintió choque entre lo académico y su estilo natural?
Sí. No es lo mismo tratar o querer hacer cosas creativas sin conocimiento a que tengas de frente a un maestro que te esté orientando de una manera académica.
Entonces el choque que yo sentí fue que consideré que sí iba a aprender a hacer mejor las cosas que como ya las estaba haciendo al tener la oportunidad de la enseñanza de un maestro.
¿Qué maestros marcaron su formación artística?
El señor Edwin Perdomo en Bellas Artes y una maestra colombiana que no sé si radicaba aquí en Honduras, pero se llamaba doña Marta de Castellano.
¿Cómo lo apoyó y qué le viene a la mente y a su corazón el nombre de Rosario de Ruíz?
El apoyo incondicional que me dió. Doña Rosario de Ruiz me facilitó los materiales para mis estudios y estoy muy agradecido por ello, pues aún con los problemas de alcoholismo que tuve, no dejó de creer en mí.

¿Qué técnicas aprendió que aún utiliza?
Lo básico, eso me sirvió para poder darle continuidad y empezar a crear nuevas ideas.
¿Cómo fue su experiencia en un primer concurso de pintura o artístico?
Mucha motivación. Mi primer concurso fue en el Centro Cultural Sampedrano en 1996. Saber que iba a tener la oportunidad de participar con un grupo de destacados artistas y que yo era un principiante, fue una emocionante experiencia.
¿Qué famosos o consagrados artistas participaron ahí que usted los derrotó?
No considero que los derroté, pero participaron Andrés Pacheco, Manuel Guzmán y Antonio Vinciguerra. No me acuerdo de muchos porque no los conocía.


¿Qué sintió Rigoberto Meléndez al ganar el primer lugar?
Alegría, emoción y agradecimiento a Dios.
¿Hubo un premio económico?
Si hubo un pago. Eran 10 mil lempiras.
¿Y qué hizo ese dinero?
Compré materiales y compartí alguna parte con mi familia. El patrocinador de ese premio fue Banpaís.
¿Ese premio cambió su forma de verse como artista?
Claro que sí. Empecé a sentir que estaba logrando el sueño que tuve desde niño de incursionar en el arte.


Esa pintura ganadora. ¿Cuánto se tardó? ¿Con qué técnica la hizo? ¿Por qué la hizo?
La técnica fue óleo. En ese tiempo solo se usaba óleo, no había probado con acrílico, que actualmente uso las dos técnicas.
¿Por qué hice esa pintura? El tema de la obra, ya como primitivista, el tema era la Baronesa, los carros antiguos que transformaban para transporte de la gente en los pueblos de tierra adentro. Con ese tema de la baronesa logré el primer lugar.
¿Qué puertas se le abrieron tras este reconocimiento?
Muchas galerías de arte. El señor Antonio Sansur de la galería Pinceles me dió un espacio que sirvió como vitrina donde se dieron a conocer mis obras.
¿Cómo fue recibido su estilo primitivista en el ámbito académico?
Desde el comienzo no fue nada fácil, pero sí empezó a haber bastante aceptación de mi obra y con el reconocimiento y publicaciones que se dieron en varios periódicos, me ayudó mucho a dar a conocer mi obra.


¿Cuáles fueron las primeras exposiciones colectivas o individuales en las que participó?
Mis primeras exposiciones colectivas las realicé en el Centro cultural Sampedrano en 1996 y 1997.
Luego me invitaron a participar a Tegucigalpa en Alianza Francesa y en el Coliseo Nacional de Ingenieros. Fuera del país fue en Panamá en 2018.
¿Cómo fue el proceso de consolidarse como pintor primitivista?
Sigue siendo largo porque esto no tiene fin. No me he consolidado todavía. Considero que me falta mucho que aprender y yo siempre he dicho que mi mejor obra no la he pintado todavía.
¿Es un reto?
No sé, ese es mi lema, ya llegará el momento.
¿Y no cree que es su propia vida?
Puede ser, también es parte de mi obra y soy parte de la obra.

¿En qué momento entendió que como pintor tenía una identidad propia?
En el momento que empecé a darme cuenta que empezaba a tener aceptación de la gente que admiraba mi trabajo y tenía un nombre como artista.
¿Quién compró su primera obra? ¿La recuerda que pintó?
La primera obra me la compró la galería Maymo.
¿Y qué tenía esa obra?
Pues creo que era una composición de un pozo, unas mujeres acarreando agua.


¿Qué significó vender su primera pintura?
Es un significado de profundo agradecimiento, perseverancia y alegría.
¿Quiénes fueron sus primeros coleccionistas?
Don Tony Sansur, quien tiene una bonita colección de mis obras y otras que están en GINA Gallery en Tel Aviv, Israel.
¿Qué dificultad económica enfrentó en sus inicios?
En el campo del arte muchas porque mi visión era vender bien mis obras pero nadie llegaba al precio. No fue muy emocionante al comienzo, pero la perseverancia y motivación sirvió de mucho.
¿Pensó alguna vez en abandonar el arte?
En algunas ocasiones. Hubo etapas que dejé de pintar por la misma situación de que no se movía la obra y habían lapsos como en todo humano de necesidades que quizás un trabajo no es suficiente para cubrirlos. Entonces algunas veces combiné varias labores para adquirir un poco más de efectivo.

¿Que lo mantuvo firme en su camino artístico?
Mi familia, mis hijos y la motivación de seguir haciendo lo que me gustaba. Mi sueño era que algún día encontrara personas que valoraran mi trabajo.
¿Cómo define el arte primitivista o Naif?
Lo defino como algo que te permite encontrarte con tu entorno, en el ambiente que has crecido y que convivís con las costumbres que uno se ha criado desde niño.
¿Qué busca transmitir con sus escenas llenas de detalles?
Que la gente tenga sentido de pertenencia, de sentir que esas escenas le pertenecen en su ambiente de vida.


¿Por qué la vida cotidiana es el centro de su obra?
La tendencia tiene que ver por el ambiente en el que conviví con el maestro del cual yo he aprendido esta técnica. Entonces he tratado de mantener ese equilibrio cuando he visitado pueblos de tierra adentro, coloniales y pintorescos.
Ahí enriquezco más las escenas, las traigo a mi mente y las plasmo a través de mi obra.
¿Quién es o fue ese maestro?
El maestro Manuel Fernández. Fui pupilo de él durante cuatro años, me dio la oportunidad de ser su alumno y él fue mi inspiración a través de ese estilo.
¿Qué simbolizan las personas que aparecen en sus pinturas?
Simbolizan la fuerza, alegría, el trabajo y la cultura en la que viven los pueblos del país.
¿Cuánto tiempo le toma realizar una obra pequeña, mediana o grande?
Todo depende del formato, pues una obra pequeña me toma cuatro días y hay formatos que los he realizado en seis meses.

¿Cómo es su proceso creativo desde la idea hasta el final?
Tiene que ser muy despacio para la composición de una obra. Yo trabajo con apuntes y me da la libertad para crear una bonita pintura.
¿Rigoberto Meléndez trabaja con bocetos previos o directamente sobre el lienzo?
Raras veces hago bocetos previos. Tengo la práctica de que con apuntes visualizo en blanco el lienzo y empiezo a imaginarme dónde puede empezar la figura.
¿Qué papel juega el color en su narrativa visual?
Permite que una obra sea agradable, expresiva y esplendorosa.
¿Qué emociones desea despertar en el espectador?
Que se conecten con la obra, que pueden viajar en el tiempo a través de lo que expresa mi trabajo.


¿Cómo llegó su obra a formar parte de Gina Gallery en 2006?
Fue gracias al maestro Roque Zelaya. Él me contactó y así tuve la oportunidad de conocer al señor Dan Chill que es el director y dueño de Gina Gallery, lo cual siento mucho agradecimiento con el maestro Roque.
¿Qué ha significado esta relación para su carrera?
Mucho aprecio y agradecimiento con el maestro Roque.
¿Cómo es exponer en una galería internacional de arte Naif?
Nunca he tenido la oportunidad de exponer personalmente, lo único que tengo es una obra en una galería de arte Naif en Ecuador. Doné una obra para esa galería porque así comenzó con donaciones y solo expone arte Naif.
¿Cómo describe su relación con el coleccionista Dan Chill?
Muy buena, de mucho respeto.
¿Qué diferencia nota entre el público local y el internacional?
Desafortunadamente valoran mucho más la obra internacionalmente. Son pocas las personas que valoran a los artistas nacionales.

¿Se siente embajador del arte hondureño?
No, no me considero embajador. Me considero quizás un digno representante por lo que hago.
¿Qué significa para usted regresar siempre a sus raíces?
No olvidar de donde vengo, siempre hay que tener los pies sobre la tierra y no considerar mirar a los demás desde lo alto.
¿Quiénes fueron las personas clave que lo apoyaron en su carrera?
En primer lugar está mi familia y personas que han tenido la oportunidad de adquirir mis obras y lo cual gracias a Dios son muchos.

¿Qué papel jugó su familia en su desarrollo artístico?
Un papel muy importante, de apoyo mutuo, respeto y cariño. Me apoyaron en los momentos buenos y los momentos malos. Son mi motivación por seguir adelante, no importa las circunstancias.
¿Ha tenido mentores o guías espirituales en el arte?
Mentores sí y mi guía espiritual es Dios.
¿Qué significa para usted Manuel María Fernández en su trayectoria?
Tuvo y sigue teniendo mucho valor porque me dio la oportunidad de aprender sobre el mundo artístico. Me enseño todo lo que sé.
¿Cómo influyó él en su crecimiento artístico y personal?
Influyó mucho, pues gracias a él tengo una técnica que me permite crear obras bastante solicitadas.
¿Qué enseñanza valora más de quienes lo apoyaron?
Valoro que me enseñaron a tener disciplina y perseverancia.
¿Cómo maneja la crítica hacia su obra?
La manejo con mucha aceptación y con mucha humildad.
¿Qué le ha dolido de alguien que sabe y ha visto su obra y la critica?
Me ha dolido algunas críticas porque lo hacen sin conocimiento.


¿Una anécdota que lo ha marcado en su vida como artista?
En 1997 participé en el Salón Nacional de Arte del Centro Cultural Sampedrano. Un año antes había ganado el primer lugar en la categoría Naif y el premio fue patrocinado por el Banpaís.
Entonces volví motivado de haberme ganado el primer lugar y participé con una obra que se llama El Guancasco.
La obra se quedó para ser exhibida y 10 días después, me llamaron para decirme que la habían dañado. Le hicieron varios cortes con navaja en el centro.
¿Qué sintió Rigoberto Meléndez cuando vio eso?
No me sentí bien, pero entendí que si hicieron eso es porque lo estaba haciendo bien. Sentí que estaba marcando territorio dentro del ambiente del arte.
¿Y pudo hablar después con esa persona que le hizo el daño a su obra?
Al comienzo yo lo confronté porque estaba casi 100 por ciento seguro de que él me la había dañado. Después nos hicimos amigos.
¿Qué consejo le da a quienes inician en el arte primitivista o quieren iniciar?
Que sean perseverantes, hay que cultivar la creatividad, porque el arte primitivista exige mucho el ser creativo.
¿Han habido errores durante en su aprendizaje?
¡Si! equivocarse es de sabios. Mi obra está hecha a prueba y error.
¿Qué sacrificios ha implicado dedicarse al arte?
Sacrificio físico, mental, emocional, corporal y visual.
¿Cómo se encuentra actualmente en lo creativo y personal?
Sigo manteniendo muchas ideas. Siempre estoy cultivando mentalmente ideas frescas, composiciones nuevas y me considero muy capaz todavía.


¿Qué temas le interesa explorar ahora o quiere seguirse manteniendo en esto?
Siempre acepto el reto de incorporar nuevos elementos dentro de la obra. Considero que todavía no he pintado mi mejor obra.
¿Ha pensado en una retrospectiva de su obra?
He planificado autorretratarme pintando una obra pero con profundidad y todo va a plasmar parte de lo esencial de todo mi recorrido: experiencias, vivencias, sentimientos, luchas, esfuerzos y problemas de salud.
¿Qué mensaje desea dejar a través de su pintura?
Que en la vida podemos crear como artista y plasmar nuestros sueños. La realidad del entorno en que vivimos, crecimos y convivimos.
¿Qué prefiere ser Rigoberto Meléndez: pintor, artista o maestro?
Pintor.
¿Por qué?
Porque me siento bien, me gusta la carrera que un día tomé como pintor y no concibo mucho con la palabra artista.



¿Qué siente al ver su evolución desde aquel niño que pintaba el carbón?
Mucha motivación, entusiasmo y agradecimiento a Dios por la fuerza, fortaleza, y salud para lograr lo que hasta el día de hoy he conseguido.
¿Qué significa el éxito para Rigoberto Meléndez?
Significa agradecimiento a Dios.
¿Qué sueños artísticos aún no ha cumplido?
Me encantaría tener la oportunidad de exponer permanentemente tanto dentro como fuera del país.

Usted está viendo a Rigoberto Meléndez de seis años, ¿Qué le dice?
Que la perseverancia es el bastón del éxito. Soñar no cuesta nada y yo sigo soñando.
¿Qué ha sido lo más difícil de su camino artístico hasta este día?
Mantener la calidad de la obra, para mí eso es lo difícil.
¿Y lo más gratificante?
Es ser remunerado a través de la obra y sentir que estás haciendo algo que te gusta, por lo cual te ilusionas y soñás.

¿La obra más cara que ha vendido, cuánto ha sido?
Hubo una persona que me pagó 400 mil empiras por una obra.
¿Ese dinero en qué lo invirtió?
Lo invertí en la educación de mis hijos.
¿Qué le dice Rigoberto Meléndez a aquellas personas que creen que el pintor se puede hacer rico pintando aquí en Honduras?
Quizá no sean millonarios, pero sí creo que hay algunos que viven cómodamente y que han tenido muchas oportunidades.

¿Qué papel juega la fe o la espiritualidad en su vida artística?
Un papel muy fuerte, porque para mí es como un bastón que te encamina al rumbo donde te has plasmado, donde has decidido llegar y la fe me mantiene de pie.
¿Qué significa el arte en la vida diaria de Rigoberto Meléndez?
Significa paz, armonía, ocupación y relajamiento.
¿Qué desea que el público sienta al ver su obra?
Que sientan armonía y alegría.



¿Qué responsabilidad tiene el arte en la sociedad hoy?
La responsabilidad de demostrar la vivencia, costumbres, tradiciones y compartir lo que nos permite el arte con las personas que lo valoran.
¿Qué consejo le da a los jóvenes artistas hondureños?
Que sean incluyentes, no excluyentes. Nunca se deben sentir de menos valor que los demás, que consideren que ellos pueden lograr también sus sueños.
Si Dios le da la oportunidad o el don de escribir un libro sobre su vida artística ¿Qué título le pondría?
Mi vida a través del color.
¿Por qué?
Porque es la forma y la manera de plasmar el sentir y pensar de un artista: a través del color.

¿La vida de Rigoberto Meléndez ha sido color de rosa, multicolor o claroscuro?
Ha tenido bastantes tonalidades grises, pero no dejo el arte porque eso me mantiene vivo. El arte para mí es como el aire que respiro.
En un país donde el talento muchas veces crece en silencio, el respaldo marca la diferencia. Banpaís se consolida como un referente en el apoyo al arte hondureño, apostando por quienes construyen identidad desde la creación.



