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Nino Emil Ramos Flores - 10 años de la trágica muerte del rey de la danza, el ballet y el belly dance

De porte gallardo y danzar de gacela, este brillante bailarín logró inmortalizar su nombre con letras de oro

ICONOS Mag

Texto Sabino Gámez

11 febrero, 2026

San Pedro Sula. La vida no fue tan justa para el baletista y bailarín progreseño Nino Emil Ramos Flores. Y de la justicia de Honduras, ni hablar.

Su abominable crimen sigue impune y se cumplen 10 años del repudiable homicidio que le arrancó la vida al más brillante de los bailarines del país.

nino emil ramos
Fotos Archivo Nino Ramos con derechos exclusivos y reservados para ICONOS Mag – mejoradas con IA Nano Banana

Sus padres Leslie Beteta y Nino Ramos lloran a Nino, un hijo diferente. Tenía un talento privilegiado sobre las tablas, de esos talentos que no nacen todos los días en el país. Además, su hermano Christian, quien a raíz del crimen, entró en depresión severa.

También lo siguen llorando la gente que lo amó: doña Almita, Diana, sus primos, Tiffany, sus alumnas de Adagio Dance Studio, Pedro y todos esos amigos que el gran bailarín tenía en su vida.

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nino emil ramos

Nino Emil Ramos Flores siempre destacó por ser distinto. Tenía un alto sentido de la estética. Le fascinaba el arte, la literatura, la poesía, el baile, la danza, la música clásica y sobre todo, el belly dance.

Era inigualable con su característico temblor del abdomen. De hecho, solo artistas de otros países han logrado esta cualidad.

La pesadilla por el trágico adiós de Nino Emil comenzó ese viernes 11 de febrero de 2016. Era viernes lluvioso. Departía con su prima – hermana Diana Elvira y de repente, una llamada en su tablet dio un giro inesperado a lo que se suponía seria una noche de familia.

El joven progreseño salió rumbo a su casa en la colonia Fraternidad de la Paz y minutos más tarde, volvió a salir dejando el portón abierto. Iba a bordo de su Pontiac gris.

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Esa noche todo parecía transcurrir en paz, pero la aparente calma se tornó extraña cuando su familia comenzó a llamarle a su celular y no respondía. Estaba apagado. Eso era inusual en él.

Todo ese sábado fue de preocupación. Descubrieron que no durmió en su cama. Que su perra Laila estaba afuera de la casa y que no había indicios de dónde estaba.

Con ello, llegó la preocupación. No hubo señales de Nino Emil. La noche del sábado se volvió aún más angustiosa. La familia llamó a los amigos cercanos y nadie sabia nada. Todos lo que lo conocían, sabían que nada estaba bien.

Finalmente, después de una noche de desvelo, llegó el domingo 13 de febrero. Diana, la hermana de Nino, tuvo la iniciativa de ir a la estación de policía en El Progreso.

A su llegada, se percató que el Pontiac gris estaba en el estacionamiento. Tuvo una leve alegría que se diluyó casi de inmediato. El oficial en turno le reveló que el auto lo habían encontrado abandonado y que su conductor no estaba en él.

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La preocupación aumentó de inmediato. Unos minutos bastaron para que el mismo oficial le indicara a Diana que habían encontrado un cuerpo en las cañeras de El Progreso. Le mostraron una fotografía y era Nino Emil.

Explicar el dolor de ese momento es innecesario. Nino era amado y su crimen dolía y sigue doliendo. La familia retiró su cadàver de la morgue de San Pedro Sula a la medianoche de ese domingo.

El lunes 14 de febrero, lo velaron un par de horas en la residencia de la abuela materna. Sus alumnas, sus amigos, su familia y los vecinos lloraban a su orgullo.

Sus restos fueron depositados en un ataúd blanco. Ese color reflejaba el alma de Nino Emil. Era un ser puro. Alegre, sincero, amoroso, solidario, noble, apasionado, honesto, trabajador, empático, intenso, perfeccionista. Todo lo hacía bien.

Hubo un réquiem en la iglesia católica de la colonia. El llanto era inevitable. Uno de sus más entrañables amigos dio palabras en la ceremonia.

Describió a Nino Emil Ramos como al Billy Elliot hondureño. Además, que su talento era demasiado para Honduras, un país donde a nadie le parece importar el arte y más aún, la danza.

Enfatizó que Nino debió haber nacido en países como Rusia, Francia o Italia, donde ser bailarín de ballet es sinónimo de éxito, fama y admiración nacional.

Exigió justicia pero la de Dios, no de las autoridades , ya que era más que seguro que la Policía no investigaría nada y que el crimen quedaría en un archivo del Ministerio Público.

nino emil ramos
nino emil ramos

Han pasado diez años desde que el nombre de Nino Ramos dejó de asociarse únicamente con la gracia del escenario para convertirse en símbolo de una herida abierta en la cultura hondureña.

El crimen que apagó la vida del joven baletista no solo truncó una carrera prometedora, sino que instaló una sombra persistente sobre el país: la de la impunidad.

Una década después, su ausencia sigue resonando con la misma intensidad que sus pasos sobre las tablas.

Nino representaba mucho más que talento. Era disciplina, sensibilidad y una apuesta firme por el arte como forma de resistencia.

En un entorno donde dedicarse al ballet ya es un acto de valentía, su figura rompía estereotipos y abría caminos. Su muerte sacudió a la comunidad artística y expuso la fragilidad de quienes, desde la cultura, construyen esperanza en medio de la adversidad.

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Diez años se cumplen sin respuestas contundentes y han convertido el caso en un espejo incómodo de las deudas estructurales del sistema de justicia.

Cada aniversario reactiva preguntas que siguen sin resolverse y evidencia la lentitud o la indiferencia que suele marcar las investigaciones de crímenes que conmocionan.

La memoria de quienes no le olvidan por amor no ha soltado su nombre, pero la justicia hondureña pareciera que sí.

Olvidar a Nino Emil Ramos es aceptar que la violencia puede borrar su legado artístico, y Honduras no puede permitirse perder, además de vidas, su memoria cultural.

La noche más bella que este brillante baletista vivió fue cuando hizo de San Pedro Sula, la capital del belly dance de América.

Trajo a la afamada bailarina Sadie Marquardt, finalista de America’s Got Talent y en el teatro José Francisco Saybe, presentó un show sin precedentes.

Bailarines y escuelas de danza de todos los países Centroamérica se reunieron a teatro lleno y el climax de la gala de baile fue la presentación de Nino a Sadie, que ella retribuyó aplaudiendo de rodillas al rey de la danza y el belly dance de Honduras.

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La historia de Nino Ramos sigue siendo una pregunta abierta: ¿cuánto vale el arte?, ¿cuánto vale una vida?

Su caso no es solo un expediente pendiente. Es un recordatorio de que la justicia tardía erosiona la confianza y de que la cultura, cuando es golpeada, duele en el alma colectiva.

Nino Emil ya no está. No hubo vaciado telefónico, no hubo seguimiento ni pistas. No hubo culpables. Mientras no haya respuestas claras, su nombre seguirá danzando entre la indignación y la esperanza.

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